Este lado afuera
Juan Mejía
Septiembre, 2026

Mi templo no es de mármol. Se aproxima más a una sopa de menudencias, un queso de cabeza o un saco de papas. El centro de mi gravedad es desplazado en el ademán de tratar las nubes, mientras todo lo sólido se desvanece en la penumbra sin la menor conciencia de ello. Abro el plano y ahí está, como un testigo silencioso de cada ataque de risa que nos dio a las dos. Ella va un paso por delante de mí, literalmente abriéndose camino en el mundo antes que el resto de mis protuberancias.

Un día caminando por la sombrita me encontré de sopetón con una ancianita disfrazada de lobo feral. Tenía su naricita brillante, sus orejas muy bien paradas, sus colmillos relucientes, pero yo le vi las garritas y los pelos debajo y supe inmediatamente que era una ancianita.
Me dijo: la falta de un lenguaje común abre entre nosotros un inmenso abismo de incomprensión.

Yo, ni corto ni perezoso, pero sí dubitativo, le contesté: Corazón, te quiero con todas mis tripas. Con el dolor de mi alma debo anunciarte que me voy a dormir.

Incluso al despertar, el animal me sigue ahí mirando. Entonces lo que hice fue ponerme a jugar con mis sentimientos y mis principios.

– Juan Mejía

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